Kurikancha, que en kichwa significa “cercado de oro” o “plaza sagrada”, representa hoy una experiencia viva de articulacio n comunitaria, produccio n agroecolo gica y soberanía alimentaria en la ciudad de Ibarra, Ecuador. Pero su historia comenzo mucho antes de la adquisición de la tierra. En 2006, mujeres indígenas y familias campesinas impulsaron un proceso colectivo para recuperar no solo un espacio físico, sino también una forma de vida basada en la reciprocidad, la diversidad cultural y la autonomí a alimentaria.
A partir de este proceso, Kurikancha comenzo a vincularse con ferias agroecológicas en distintos puntos de la ciudad y la provincia. En estos espacios se logra fortalecer la relación entre productores y consumidores, al tiempo que se hicieron visibles los problemas que enfrentan estas iniciativas. Se reconocen los problemas que enfrentan estas iniciativas, relacionadas con las decisiones de los gobiernos locales. Estas pueden apoyar u obstaculizar su funcionamiento, afectar la autonomía de las organizaciones y, en pocos casos, contribuir a su sostenibilidad.

El colectivo involucrado en la compra estaba compuesto por un 26 % de asociados dedicados exclusivamente a la producción agroecológica; un 48 % que combinaba esta actividad con otras actividades económicas; un 4 % vinculado a procesos de transformación en el sector gastronómico; y un 22 % formado por teécnicos y profesionales de distintas ramas. Todos ellos compartían una profunda conciencia social y vinculados a una dinamica de economía de la reciprocidad, sustentada en los principios y la cosmovisión andina.
A partir de este proceso, Kurikancha comenzo a vincularse con ferias agroecológicas en distintos puntos de la ciudad y la provincia. En estos espacios se logra fortalecer la relación entre productores y consumidores, al tiempo que se hicieron visibles los problemas que enfrentan estas iniciativas. Se reconocen los problemas que enfrentan estas iniciativas, relacionadas con las decisiones de los gobiernos locales. Estas pueden apoyar u obstaculizar su funcionamiento, afectar la autonomía de las organizaciones y, en pocos casos, contribuir a su sostenibilidad.
En la bu squeda de un espacio permanente, en el an o de 2009 ocuparon un primer espacio pu blico por un lapso de tres an os. Posteriormente, el gobierno local tomo el control del espacio e incorporo a productores e intermediarios. La autogestio n del espacio comenzo a ser vista como un problema para el gobierno local, lo que genero preocupacio n entre quienes impulsaban la iniciativa. A partir de entonces, siguieron buscando un espacio que pudieran ocupar de manera definitiva.
Mientras continuaban buscando un espacio definitivo, surgio la oportunidad de acceder a un cre dito de forma asociativa, con la hipoteca del propio terreno. Para concretarla, recurrieron a las personas involucradas, tanto productores como consumidores. Luego de amplias consultas y compromisos internos, y para el an o 2016 ubican un terreno e inician la gestio n para un cre dito de 161.000 do lares entre veintitre s, a un intere s del 16 % anual. Cada una asumio el compromiso de aportar 160 do lares mensuales durante cinco an os para cubrir el costo del terreno donde se construyo la plaza.

En algunas publicaciones, este cre dito es denominado “solidario”. Esta denominacio n puede estar relacionada con las condiciones en que fue otorgado: la entidad que facilito el cre dito no exigio un garante y establecio un aporte inicial de 500 do lares por socio. Los fondos de esta entidad provení an de los ahorros de sus socios, parte de CIUDAD. Sin embargo, tambie n se plantea que estos no serí an propiamente fondos solidarios, sino recursos gestionados bajo un mecanismo similar al de una cooperativa.
El colectivo involucrado en la compra estaba compuesto por un 26 % de asociados dedicados exclusivamente a la produccio n agroecolo gica; un 48 % que combinaba esta actividad con otras actividades econo micas; un 4 % vinculado a procesos de transformacio n en el sector gastrono mico; y un 22 % formado por te cnicos y profesionales de distintas ramas. Todos ellos compartí an una profunda conciencia social y vinculados a una dina mica de economí a de la reciprocidad, sustentada en los principios y la cosmovisio n andina.
Posteriormente, se construyeron distintos espacios: uno para la preparacio n de alimentos, un centro ceremonial, una plaza para la comercializacio n y el trueque, adema s de espacios para reuniones, una biblioteca y un lugar destinado a la atencio n y motivacio n de nin as y nin os. El funcionamiento de la plaza y de estos espacios fue posible, en gran medida, gracias al trabajo voluntario de amigas, amigos, personas conocidas e interesadas en la iniciativa.

Es así , que siendo veintitre s las que han aportado para la compra del terreno, este se considera un espacio abierto a productores, consumidores, y poblacio n en general que esta vinculada a compartir experiencias, productos, conocer sobre las culturas ancestrales, y promover actividades que correspondan a la visio n de economí a social y solidaria.
La autonomí a se convirtio para Kurikancha en un eje central de su existencia polí tica. Esta postura se vincula a la bu squeda de formas de supervivencia y de una vida digna, alejadas de las dina micas mercantiles convencionales. La relacio n con el Estado no siempre fue de apoyo; su intervencio n se percibe como un obsta culo para el sostenimiento de estas experiencias, pese a la existencia en Ecuador de un marco institucional orientado a promover la Economí a Social y Solidaria.

Estas dificultades no frenaron los esfuerzos de la organizacio n. Al contrario, reforzaron sus principios e ideas para la bu squeda de mejores condiciones de vida para las familias y los consumidores que se benefician de una produccio n limpia. En Kurikancha, genera espacios dirigidos a la incidencia polí tica y no quede solo en intercambios econo micos, y de ese modo consolidar un intercambio que va ma s alla de la compra y venta de productos. El espacio se construye desde la cosmovisio n andina y reu ne la produccio n sostenible con la historia de los alimentos y la gastronomí a. Tambie n es un lugar para compartir saberes y recuperar pra cticas como la medicina ancestral, el trueque, la minga y otras formas comunitarias de trabajo que se han mantenido durante generaciones. A esto se suma la celebracio n de los cuatro Raymis, que forman parte de la vida del espacio. Así , la construccio n de la autonomí a tambie n pasa por estos procesos interculturales y por el ví nculo de las socias con las dina micas de su territorio.